La exmandataria y el último
candidato presidencial comparten diagnóstico. Hipótesis de listas divididas si
caen las PASO. El gobernador bonaerense, “contra quien sea, en el escenario que
sea”, baraja un compañero de fórmula “que amplíe”
Dos hojas de ruta se perfilan en
el peronismo. De un lado, Axel Kicillof. El gobernador bonaerense construye
hace tiempo con un norte claro: no lograr la candidatura presidencial a través
del dedo de Cristina. “Contra quien sea, en el escenario que sea”, Kicillof
aspira a ganar la postulación opositora a través de primarias o por deserción
de sus eventuales rivales, lo que habilitaría una instancia de negociación de
listas legislativas, candidato a la gobernación bonaerense y compañero de
fórmula presidencial, pero desde una posición de fortaleza.
Enfrente se consolida un eje con
una protagonista casi excluyente de las primeras dos décadas de la vida política
y un dirigente en el que el sistema de poder reconoce cualidades excepcionales
como articulador. Cristina y Sergio Massa —que se reunieron el viernes en San
José 1111, tal como lo habían hecho hace un mes— parecen coincidir en la
lectura del momento. La expresidenta y el exministro de Economía hablan con
menos convicción de acudir a primarias; priorizan un consenso amplio para
enfrentar a un Javier Milei al que ven en baja pero competitivo, piensan en
nombres que hoy no están en el tablero y barajan un escenario tal que
desaliente a Kicillof de continuar su aventura. Algo parecido a una rendición.
Al gobernador bonaerense lo guía
una construcción “estilo Clío” con las provincias. La figura remite al
economista que en los años de Mauricio Macri en Casa Rosada se mudó del barrio
porteño de La Paternal a la Provincia a bordo de un pequeño Renault, paso a
paso, municipio por municipio. Kicillof venció resistencias de intendentes que
se autopercibían candidateables y terminó en 2019 como el nominado, esa vez sí,
gracias al dedo de Cristina.
Ahora Kicillof ya no maneja un
Clío, sino el segundo presupuesto del país. Está parado sobre dos elecciones
como gobernador (2019 y 2023) de la provincia que alberga el 37% del
electorado, una exitosa desobediencia electoral a Cristina en 2025 y niveles de
popularidad aceptables. Sin embargo, su hipotético liderazgo nacional enfrenta
resistencias culturales, metodológicas e ideológicas en el peronismo de las
provincias acaso mayores a aquellas de 2018 y 2019 en el conurbano y los
pueblos rurales bonaerenses.
El gobernador basa su fe para
aglutinar fuerzas en su perfil antimileísta nítido, la experiencia de gestión
en Buenos Aires, la ausencia de un competidor claro en el campo peronista y su
capacidad para tejer por abajo, entre las bases, y por arriba, con la
dirigencia. Visitantes de su despacho repasan nombres de interlocutores
provinciales actuales y potenciales que han funcionado como aliados fluctuantes
de Milei hasta esta misma semana, cuando la ultraderecha pudo sostener el
mega-DNU 70/2023. Un quinto factor prima en el camino de Kicillof: la
expectativa largamente postergada en un amplio arco peronista de dar vuelta la
página de los Kirchner.
El gobernador bonaerense piensa
un compañero de fórmula “que amplíe y no sea pan con pan”. ¿Qué significa? “Del
interior, que dialogue con otros sectores y llegue a otros votantes, y, si es
posible, que sea mujer”, dice alguien de su entorno.
Cristina y Massa transmiten
enorme escepticismo sobre el plan de Kicillof. Anticipan una “larretización”
casi inevitable, en lo que describen como una candidatura lanzada antes de
tiempo, con demasiadas fotos con dirigentes y enfocada en jubilar a su líder.
Vislumbran un intento que llegará deshilachado a la inscripción de la fórmula.
Entre diferencias históricas, la
expresidenta y el exministro tienen por característica común anunciar sus
movimientos sobre el filo del calendario electoral. Juegan con la duda, dejan
“ser hablados” por terceros —dirigentes que “claman” por su postulación, periodistas
elucubradores, intérpretes de fotos— y finalmente deciden lo que todo el mundo
intuía.
Máximo Kirchner ya lanzó el
operativo clamor para la postulación de Cristina. Debe superar el detalle de la
inhabilitación perpetua a ejercer cargos públicos confirmada por la Corte
Suprema, como parte de la condena por la causa Vialidad. La exmandataria
apuesta a un incierto dictamen del Comité de Derechos Humanos de Naciones
Unidas —podría ser tratado en cuestión de días— que ponga al sistema jurídico,
mediático y político argentino a hablar de su “proscripción”.
Las dudas sobre la viabilidad y
efectividad del intento son enormes, pero vale para mantener la llama encendida
de una de las dirigentes que, según múltiples encuestas, alterna como la más
popular del país con Kicillof, Milei, Patricia Bullrich y Myriam Bregman.
El silencio de Massa desde que
asumió Milei en Casa Rosada demuestra dos cosas. Su osadía de elegir una
estrategia tan arriesgada —de Massa se ha dicho de todo en los últimos tres
años, sin respuesta— y la percepción en el mundo económico y político de que no
hay WhatsApp —de adversarios, embajadas, empresarios, concejales, dirigentes
sociales— que le clave el visto. Todos le contestan. Días atrás, Daniel Hadad,
en otro movimiento enigmático, coronó un lugar común sobre Massa: “el tipo que
mejor conoce el Estado argentino”.
El líder del Frente Renovador es
citado proponiendo candidatos presidenciales en conversaciones de rosca que, si
son ciertas todas las que se narran sobre él, se extienden a 48 horas por día.
Dicen que menciona a un arco tan variado como el santiagueño Gerardo Zamora, la
cordobesa Natalia de la Sota, el propio Guillermo Michel y hasta Kicillof. Por
ahora, no postuló a Juan Grabois, lo que es entendible dado que el dirigente social
lo llamó “cagador”, “vendepatria” y “sinvergüenza”, aunque no habría que
descartarlo.
Si se elucubra sobre Massa,
habría que recordar que sostuvo durante todo 2022 y la mitad 2023 que se había
comprometido ante su hijo “Toto” a no ser candidato, pero dos horas antes de
anotar la fórmula de Unión por la Patria, no le quedó otra que aceptar el
desafío.
En teoría, Cristina, Kicillof,
Massa, los gobernadores realmente opositores y la decena de dirigentes “con
caramelos en el bolsillo” (en la jerga peronista, personalidades que
administran votos, poder territorial y/o conexiones relevantes) acordaron que
la mejor opción es dirimir las candidaturas en las primarias abiertas,
simultáneas y obligatorias (PASO), herramienta creada y poco usada por el
peronismo.
Con la mirada puesta en la
sucesión de éxitos parlamentarios cosechados por el Soez desde diciembre de
2023, en el peronismo prevalece la mirada de que el Gobierno juntará los votos
necesarios para derogar o suspender las PASO.
El PRO, gran parte de la UCR
—extensiones del oficialismo que actúan hasta con más organicidad y convicción
que las propias bancadas de La Libertad Avanza— y un cardumen de peronistas
disidentes, radicales, provinciales y cordobesistas han facilitado a la ultraderecha
los votos para aprobar leyes “que ni los militares se animaron a hacer (reforma
laboral)”, designar jueces con prontuario, blindar herramientas de turbia
legalidad (DNU 70/2023, ley Bases), avalar represiones y bloquear
investigaciones por corrupción ($LIBRA, ANDIS). “Algunas de esas medidas
perjudicaron a los propios gobernadores que ayudaron a aprobarlas, pero siempre
hay motivos que explican los apoyos. Lo mismo corre para la eliminación de las
PASO, que en principio le dejan todo servido a Milei para hacer lo que quiera”,
dice una voz parlamentaria clave del bloque peronista.
Con gobernadores que han actuado
como aliados, como los radicales Alfredo Cornejo (Mendoza) y Maximiliano
Pullaro (Santa Fe), los PRO Rogelio Frigerio (Entre Ríos) y Jorge Macri (CABA)
o los provinciales Alberto Weretilneck (Río Negro), Claudio Vidal (Santa Cruz)
y Rolando Figueroa (Neuquén), se negocia en un arco que va desde candidaturas
conjuntas (Cornejo, Frigerio, Macri) a postulantes opositores con sello de La
Libertad Avanza, pero neutralizados de alguna forma, sea por nombres con poca
marquesina o por una indiferencia premeditada de los Milei (Pullaro, Figueroa).
No es una negociación sencilla,
por empezar, porque dentro del Ejecutivo, el eje Karina-Menem, Santiago Caputo,
Luis Caputo y Diego Santilli tienen posturas no siempre coincidentes. Entre
ellos, hay acuerdistas, puristas y cuentapropistas.
Sobre todo, faltan garantías. Un
gobernador aliado o semialiado que preste los diputados y senadores que le
responden para aprobar la eliminación de las PASO no tiene seguridad de que la
ultraderecha cumpla su parte de neutralizarse en los comicios provinciales, que
comenzarán en cinco meses como temprano.
Ni hablar de la conformación de
listas para el Congreso nacional que deberán ser anotadas recién en agosto
próximo. Incluso en caso de que se rehabiliten engendros como las colectoras,
nadie puede asegurar que no habrá un veto de arrebato a que una lista adhiera a
la candidatura presidencial de Milei. Sobre todo, si los ultras llegan
competitivos a mediados de 2027 y perciben que pueden ganar sin “las ratas”,
como llamó el Presidente a sus abnegados aliados en sus primeros meses en la
Rosada.
Dudas similares se ciernen sobre
las movidas de los peronistas y aledaños de Salta, Catamarca y Tucumán,
virtuales oficialistas, o los que tomaron alguna distancia en los últimos
meses, como los de Córdoba y Misiones. Si dan el paso de ayudar a Milei a
eliminar las PASO, deberían enfrentarse a que el peronismo realmente opositor
les presente competidores y les complique la reelección o la sucesión.
Al menos, esa fue la amenaza
filtrada de una reunión de los diez principales peronistas opositores llevada a
cabo en el Hotel Emperador hace dos meses.
Hay voces del peronismo
antimileísta que ya matizan la advertencia y empiezan a mirar con algún cariño
la idea de un 2027 sin PASO. Es decir, con dos listas peronistas. Entre la
resignación y la promoción, esas voces estiman que un peronismo dividido en la
primera vuelta se uniría contra la ultraderecha en el ballottage. “Salvo que
Milei llegue al 40% y saque diez puntos al segundo, y no necesite segunda
vuelta”, dice un peronista que ve a Milei rumbo al 30% de intención de voto.
En el mundo Cristina, algunos lo
traducen como “una elección de cuatro cuartos”: dos listas opositoras, una
mileísta y una cuarta “de mileísmo con buenos modales” o de una derecha de otra
índole.
La mera mención del peronismo
dividido lleva al entorno de Kicillof a ratificar una presunción sostenida por
muchos en ese campo: “Quieren perder”.
ElDiarioAR

