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EDICIÓN N°

MESSI SE DESPIDIÓ EN EL MONUMENTAL, PERO LA PASIÓN QUEDÓ AFUERA

 

Hasta lo hicieron derecho, los drones...


Una despedida que debía ser del pueblo argentino y terminó pareciendo una fiesta para pocos

Hay despedidas que quedan grabadas para siempre. Y la de Lionel Messi con la camiseta de la Selección Argentina debía ser una de ellas.

El hombre que durante casi dos décadas nos hizo llorar, gritar, abrazarnos con desconocidos y sentirnos orgullosos de ser argentinos merecía una despedida a la altura de su historia.

Pero algo falló.

Mientras el pueblo argentino se rindió a los pies de Messi, en el Monumental quedó una sensación difícil de disimular: sobró espectáculo y faltó pasión. Sobró marketing y faltó emoción. Sobró sushi y faltó pueblo.

Messi, en cambio, estuvo a la altura de Messi. Como siempre.

El Monumental estaba repleto. Miles de personas habían llegado para despedir al capitán, al número 10, al hombre que llevó la camiseta argentina hasta lo más alto del mundo.

La emoción estaba en las tribunas, en las lágrimas, en las gargantas, en cada bandera y en cada camiseta celeste y blanca. Pero la organización pareció hablar otro idioma.

Una despedida semejante debía ser sencilla y enorme al mismo tiempo: Messi, la Selección y su gente. Nada más.

No hacía falta convertirla en un gigantesco evento de marketing ni transformar cada instante en una oportunidad comercial. Porque cuando se despide Messi, la emoción ya está asegurada.

El momento más esperado llegó después del partido. Messi seguía en el campo de juego y los hinchas aguardaban una sorpresa. Todos miraban hacia arriba.

Entonces aparecieron los drones. Las luces comenzaron a dibujar figuras en el cielo y, de pronto, lo primero que apareció fue una propaganda de Sancor Seguros.

La sorpresa perdió rápidamente su magia. Muchos esperaban ver algo relacionado con Messi, con la Selección, con Argentina, con aquella camiseta que durante tantos años defendió el capitán.

Pero la primera imagen terminó asociándose a una marca.

En una despedida que debía ser esencialmente argentina, muchos sintieron que la publicidad había ocupado un lugar que debía pertenecerle a la emoción.

Las redes sociales no tardaron en reaccionar y Sancor Seguros terminó restringiendo los comentarios en sus publicaciones de Instagram ante la catarata de críticas.

Quizás sea demasiado decir que una publicidad puede arruinar una despedida. Pero también sería ingenuo negar que, cuando miles de personas esperan durante horas un momento histórico, cualquier decisión que rompa ese clima puede terminar siendo más recordada que el propio homenaje.

El fútbol argentino nació en los potreros, en los clubes de barrio, en las canchas de tierra y en las tribunas populares. Nació de la gente, de la camiseta transpirada, de la bandera hecha en casa, del abuelo que lleva al nieto y del padre que enseña al hijo a gritar un gol.

Por eso resultó extraño que la despedida de un jugador que representa como pocos ese sentimiento popular tuviera por momentos una estética tan alejada de esa Argentina futbolera.

Parecía haber lugar para todo, menos para la espontaneidad.

Messi no necesitaba una despedida sofisticada. Necesitaba una despedida nuestra. Una despedida argentina.

Y, sin embargo, cuando apareció él, desapareció todo lo demás.

No importaron los drones, las marcas ni las luces. Estaba Messi. Y detrás de Messi estaba su historia: las derrotas, las críticas, las Copas América, el Mundial, sus compañeros y Diego en la memoria.

Estaban millones de argentinos que alguna vez gritaron un gol suyo. Por eso la emoción no la puso la organización. La puso Messi.

También quedó la polémica por la escena protagonizada por el presidente de River, con el intento de entregarle al capitán una camiseta del club y un carnet de socio, algo que finalmente no pudo concretarse en el campo de juego.

La despedida del 10 debía ser una fiesta de todos. De los que tienen platea y de los que alguna vez vieron un partido detrás de un alambrado. De quienes estuvieron en Qatar y de quienes festejaron el Mundial en una esquina de La Plata.

Porque Messi nunca fue patrimonio de una elite.

Merecía una despedida en la que la única protagonista fuera la emoción.

Sin marcas. Sin artificios. Sin negocios.

Simplemente Messi. La camiseta argentina. Y millones de argentinos gritando, una vez más:

¡Gracias, Leo!

Porque cuando se apagaron las luces y los drones volvieron a tierra, quedó lo único verdaderamente importante:

El recuerdo de un hombre que durante casi veinte años hizo que un país entero volviera a creer.

Y eso, por suerte, no lo puede arruinar ninguna mala organización.

© Eduardo Finocchi / 10-2026


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