Aunque el gobernador
bonaerense aparece como el principal rival de Javier Milei, los analistas
advierten que su posicionamiento se sostiene más por el desgaste del
oficialismo que por la solidez de un proyecto alternativo, en un escenario
donde el 40% del electorado no se siente representado por ninguna de las dos
opciones. En esta columna el periodista y analista político, Jorge Déboli,
analiza el discurso del mandatario bonaerense, resaltando sus fortalezas y
debilidades.
23-8-2026.- A poco más de un año de los comicios presidenciales, el
análisis del discurso de Axel Kicillof revela una paradoja: el gobernador
bonaerense es señalado como el principal adversario de Javier Milei, pero su
liderazgo se asienta más en una ventaja comparativa dentro del espacio opositor
que en la consolidación de una alternativa electoral contundente.
Las encuestas muestran un
panorama complejo: mientras algunos sondeos lo presentan como el único
dirigente con capacidad de forzar un balotaje, otros le otorgan a Milei una
ventaja de más de 10 puntos en intención de voto, lo que dejaría al actual
Presidente muy cerca de ganar en primera vuelta.
El principal escollo del discurso
kicillofista es su propia identidad política. Su mayor fortaleza —ser el
heredero natural del kirchnerismo— se convierte a la vez en su principal
lastre, ya que para un sector importante del electorado encarna el «viejo»
modelo político asociado a inflación y gasto público desmedido.
Su imagen como «el ministro de
Economía de Cristina Fernández de Kirchner» lo vincula a un período que muchos
votantes castigaron en las urnas en 2023, lo que le impide construir un relato
de cambio creíble. A esto se suma una tensión interna en su coalición: mientras
busca ampliar el frente más allá del peronismo, enfrenta la presión de los
sectores más duros del kirchnerismo (La Cámpora), que aún ven a Cristina como
la líder natural, diluyendo su propia autoridad.
Los analistas identifican tres
estrategias discursivas en juego. Primero, el intento de Kicillof por proyectar
una imagen de gobernador «moderado» y dialoguista, en contraste con el estilo
rupturista de Milei, aunque esa construcción choca con su percepción pública
como un «peronista ortodoxo».
Segundo, la polarización entre
ambos líderes está dejando un espacio libre para que figuras como Myriam
Bregman crezcan en intención de voto, canalizando el descontento de quienes
rechazan a ambos polos.
Tercero, el discurso de Kicillof,
a modo de queja, apela constantemente a la «crisis social» generada por el
ajuste, tratando de posicionarse como el restaurador de un bienestar perdido.
El dato más revelador del
análisis es que alrededor del 40% del electorado no se siente representado por
ninguna de las dos opciones principales, lo que ubica a Kicillof más como el
«candidato del anti-mileísmo» que como un líder con un proyecto propio que
entusiasme a la mayoría.
Su principal capital político es
ser el opositor mejor posicionado en las encuestas, pero ese es un capital
frágil. Para tener una oportunidad real en 2027, su discurso deberá superar un
desafío mayúsculo: demostrar que es la respuesta a la crisis que él mismo, como
parte del pasado político que muchos rechazan, ayudó a gestar.
Hoy por hoy, su discurso no
entusiasma a aquellos jóvenes que integran el ascendente partido de los Ni-Ni,
y que amenaza en convertirse en mayoría, cuyo voto hacia la extrema derecha no
puede explicarse simplemente por ignorancia, falta de educación o
irracionalidad, sino que intenta comprender qué necesidades simbólicas y
morales satisface ese voto. Son aquellos que experimentan una situación
económica precaria, pero sienten pueden obtener una suerte de compensación
simbólica mediante la identificación con valores de las clases dominantes,
especialmente el mérito. (*) Periodista y Lic. en Cs.
Políticas.
(InfoGEI)
