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Los cuadernos, el macrismo y la posverdad


La causa de los cuadernos se revela como una gran ficción, pero eso poco le importa a un frente político que hizo y hace de la persecución judicial un estilo de vida. El macrismo busca el impacto de la denuncia, no la verdad, tomando la célebre frase de Goebbels.

Más de 1.600 alteraciones; 1.373 fragmentos de texto escritos encima de otros; 195 puntos en que se utilizó líquido corrector; 55 enmiendas. Los números del peritaje realizado sobre los cuadernos (quemados, pero no quemados; recuperados, pero no analizados físicamente) del exchofer Oscar Centeno, que fueron utilizados para montar una historia de corrupción y sobornos durante el kirchnerismo, cuentan una historia muy diferente: la de funcionarios judiciales interesados en sostener a toda costa una ficción dañina.

El hecho de que el descubrimiento haya sido realizado por peritos de parte, además, es un indicador del triste estado del expediente. Si hubiera una intención real de llegar a la verdad, los originales de los cuadernos ya habrían sido peritados hace tiempo; en lugar de eso, el tribunal no ordenó la medida y no permitió el acceso a dichos originales, y el análisis encargado por el empresario Armando Loson, que reveló las graves irregularidades, tuvo que hacerse sobre copias digitales.

Después de la verdad

La primera persona que utilizó el término posverdad en un contexto político fue, según dicen, el dramaturgo Steve Tesich: esgrimió el concepto en un artículo llamado Un gobierno de mentiras en el que criticaba a la administración de George Bush (padre) y los funcionarios que lo acompañaban. Doce años después se publicó La era de la posverdad, de Ralph Keyes.

La idea partía de una observación sencilla: los presidentes, los ministros, los candidatos, ya no mienten simplemente para ocultar la verdad, para disimularla o negarla; mienten para consolidar una creencia sin importar cuál sea la verdad o sus implicancias. En el mundo de la posverdad, la coherencia se desvanece, ya que no hay necesidad de sostener en el tiempo las afirmaciones contundentes que uno hizo en el pasado. Basta con que esas afirmaciones hayan producido el efecto deseado. Un año después se puede afirmar exactamente lo contrario, en busca de otro efecto, sin que nadie se ponga colorado.

Ya en la primera mitad del siglo XX, la Alemania nazi popularizó una frase que quedó en la historia: “Miente, miente, que algo queda”. Se la atribuye al ministro de Propaganda del régimen de Hitler, Joseph Goebbels. En realidad, Goebbels estaba adaptando una frase del propio Hitler (“una mentira repetida mil veces se convierte en verdad”) a partir de una idea que ya había sido formulada muchísimo antes. Plutarco, por ejemplo, dice que Medion de Larisa “ordenaba a sus secuaces que sembraran confiadamente la calumnia, que mordieran con ella, diciéndoles que cuando la gente hubiera curado su llaga, siempre quedaría la cicatriz”. Roger Bacon lo sintetizó así: “Calumnien con audacia, siempre algo queda”.

El papel de los medios

Pero no basta con decir y repetir una mentira para que esta se convierta en aceptable: hace falta, según señalan los estudiosos, que ésta sea reiterada por los medios masivos de comunicación. O por lo menos por un conjunto de medios con gran influencia. Lo que hoy, en la Argentina, llamamos “medios hegemónicos”, porque eso es lo que hacen, construir hegemonía a través del discurso. La hegemonía es lo que, en nuestra época, ha reemplazado a la verdad.

Esto y no otra cosa es lo que ha ocurrido con la causa de los cuadernos. La denuncia que disparó todo y las posteriores idas y vueltas del expediente son un ejemplo de manual del tipo de operación político-mediático-judicial que construye, en la Argentina de hoy, ciertas ideas, como que tal gobernante es corrupto o inoperante o tal sindicalista culpable de graves delitos.

Esta causa, impulsada desde el macrismo, con la ayuda de ciertos funcionarios judiciales y, esencialmente, de los grandes medios a los que se hacía referencia más arriba, se revela como una gran ficción, una farsa de principio a fin. Y a sus impulsores no les importa demasiado. Porque, como señalaba agudamente Hannah Arendt, el mayor enemigo de una verdad, en nuestros tiempos, no es una mentira, sino una opinión. Y este expediente judicial no está orientado a demostrar que tales y tales figuras públicas incurrieron en actos de corrupción, sino a apoyar la creencia de muchos en ese sentido, sin importar si los hechos la corroboran o no.

Igual que las tachaduras, borrones y sobreescrituras de los cuadernos, las afirmaciones vertidas a lo largo del tiempo sobre este tema se han opuesto y superpuesto, contradiciendo, modificando y negando lo que antes se daba por cierto. Había cuadernos, pero después no había cuadernos porque se habían quemado: eran fotocopias. Pero después no se habían quemado, sino que aparecieron intactos. Y ahora resulta que la escritura de Centeno no es solo de Centeno: hubo varias, quizás muchas manos que intervinieron en ese texto para conformar una historia que muchos quisieron creer.

El futuro

La causa de los cuadernos, tan cara al macrismo, debería caerse más pronto que tarde. La acusación sostenida durante tanto tiempo, sin embargo, ya causó el efecto deseado. Por lo pronto, Armando Loson, el empresario que encargó el peritaje, enunció una batería de delitos que podrían caberles a los artífices del engaño: falso testimonio agravado, falsedad ideo­lógica de documento público, estafa procesal, abuso de autoridad, incumplimiento de los deberes del funcionario público, asociación ilícita.

Entre estas figuras del derecho, las tres primeras tienen como propósito defender la verdad del ataque de la mentira. Aun en el mundo de la posverdad, sería deseable que al final, y a pesar de todo el andamiaje levantado por ese contubernio entre la política, la “Justicia” y los medios, la verdad termine triunfando.


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