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La Plata, provincia de Buenos Aires, Argentina,

EL PERONISMO O LA AUTÉNTICA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL (I)

Por Mario Derch. 20-7-2016- “En estas circunstancias se conforma y va a lograr consenso, en poco tiempo, un proyecto que ya no va a intentar una solución transformista de recomposición del antiguo modelo, sino que planteará la posibilidad de una alternativa distinta basándose en los nuevos y antiguos sectores sociales subordinados, conteniendo un enfoque radicalmente opuesto al modelo agro-exportador”. Esa es la definición introductoria que, en su ya citado “El nuevo poder económico”, plantean Azpiazu, Basualdo y Khavisse al abordar  la etapa en todo sentido paradigmática de la historia de la industria en la Argentina, la que desarrollo en sus dos primeras presidencias Juan Domingo Perón, entre 1946 y el golpe conservador y retrógrado que lo derrocó en 1955.

No se eligió la cita por el simple afán de encontrar un paraguas académico para los ejes de esta interpretación del drama industrial de la Argentina y del objetivo del consenso que anhelamos construir para terminar con las causas y consecuencias de la lógica neoliberal que hoy nos gobierna.

Es que el párrafo reúne y sintetiza los elementos que explicaron el carácter revolucionario de aquel peronismo, pero también los que deberían converger hoy para instalar decididamente un modelo industrial integrador en el país. Para decirlo mejor, reúne elementos que de alguna manera están prefigurados en el modelo político que estuvo vigente a través de la secuencia de los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner, a la espera de un impulso definitivo, superador de las contradicciones y sobre todo de resistencias de un establishment autista que siempre buscó  y busca frenarlo.

Por un lado, el párrafo de Azpiazu, Basualdo y Khavisse remarca el carácter de vértice de encuentro entre proyecto y consenso que tuvo la emergencia del peronismo. Su carácter de consecuencia de una construcción social.
También, y nótese la vigencia que esto tiene en la Argentina sojera y de los agronegocios, destaca el sentido de radical oposición al modelo de producción y acumulación hasta entonces hegemónico que tuvo el fenómeno peronista. “Radicalidad” industrialista claramente distinta de las opciones  de industrialismo tímido, acotado y gatopardista que habían ofrecido en el contexto internacional de la Segunda Guerra las fracciones “lúcidas”, “modernistas”, de las clases dominantes tradicionales a través de Pinedo Y Prebisch.

Finalmente el párrafo pone énfasis en el perfil de la base social que dio consenso al proyecto, “los antiguos y nuevos sectores subordinados”. Esto es, por un lado la antigua clase obrera de origen inmigrante y tradición socialista y anarquista, y por el otro el nuevo proletariado generado por el proceso de sustitución de importaciones, surgido de las migraciones internas, de origen criollo y con una visión nacional que incluía la rebelión y el coraje para rebelarse contra la injusticia social, herramienta de las clases dominantes con la que ejercían su poder. Por el otro, esos antiguos y nuevos sectores subordinados, participantes del consenso para el nuevo proyecto, incluía además talleristas de tradición devenidos en pequeños y a veces medianos empresarios industriales, en algunos casos incluso grandes empresarios nacionales crecidos al amparo de las necesidades de provisión de insumos de las grandes industrias de base desarrolladas por el Estado en la lógica del general Savio. Tampoco eran ajenos a esos sectores subordinados Científicos y pensadores que había ayudado a sistematizar un pensamiento industrialista nacional como los ya citados Alejandro Bunge y Figuerola, o visionarios de un país globalmente distinto, como Raúl Scalabrini Ortiz o los jóvenes militantes de FORJA, el grupo de antiguos yrigoyenistas entre los que destacaba Arturo Jauretche.

Como en otros aspectos, también en términos de política industrial los dos primeros gobiernos peronistas generaron marchas fundamentales y sufrieron contramarchas, derivadas de insuficiencias y errores propios de gestión, pero también en gran medida consecuencia de una activa y creciente acción de “contragobierno”, ejercida por la vieja clase de oligarquía y sus grupos concretos de poder que veían reducirse sus posibilidades de determinar la marcha global de la economía y sus tasas de ganancia, e incluso acotarse con firmeza sus históricas facultades de explotación de los trabajadores.

Junto con ellos, participaron con un papel directo y central en esa etapa de la estrategia del “contragobierno” fuerzas dispuestas por el poder económico internacional, sobre todo de Estados Unidos, decididos a imponer en el mundo  la hegemonía que habían alcanzado en el nuevo mundo capitalista generado por la Segunda Guerra Mundial. Para esas fuerzas, el gobierno peronista constituía un peligroso foco de irradiación de un ejemplo de política independiente, autónoma, con propuestas de integración regional y continental y con una concepción de desarrollo soberano que contestaba el modelo definido por los países centrales para las naciones periféricas como productores de materias primas, proveedores de mano de obra barata para las filiales de las empresas multinacionales, reproductores sin normas ni límites de inversiones de esas multinacionales y consumidores pasivos de sus productos industriales.



Pero, incluso con esos vaivenes y contradicciones, los casi 10 años de peronismo modificaron la conciencia de los argentinos, produjeron el más formidable proceso de democratización social, económica y de control del poder institucional que haya conocido la historia argentina, y crearon un tejido social, en buena medida a caballo de los logros industrialistas, tan sólido que su destrucción costó años, criminales políticas de terrorismo de Estado y alevosas manipulaciones del poder institucional y legislativo por parte de la nueva oligarquía financiera y multinacional y sus representantes en el Gobierno, incluso algunos con sello peronista.