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La Plata, provincia de Buenos Aires, Argentina,

Emociones fuertes en las entrañas del 17-O de Cristina



A los 12 años, Gladys Leonor Bria salió con su madre del “departamento de una pieza” que alquilaban en el barrio porteño de Villa del Parque. Recuerda que era una mañana calurosa. Y recuerda que caminó casi arrastrada por un río de gente. Un buen rato después llegaba a Plaza de Mayo. Ella no sabía que ese día, 17 de octubre de 1945, la historia argentina se quebraría en dos. Ahora son las nueve y cuarto de una mañana lluviosa en Buenos Aires. Gladys tiene 83, la cara surcada por un ramillete de hermosas arrugas, una bufanda negra que lleva como un pañuelo en su cabeza y una energía arrolladora. Se había levantado a las cinco y media, había tomado un mate cocido con galletitas y se había subido al 91 rumbo a Retiro. Parada en la vereda de la avenida Comodoro Py, a unos 200 metros del edificio de los tribunales federales, está lista para ser otra vez testigo y protagonista de la historia grande de las movilizaciones populares. Está ahí, como la multitud que la rodea y la contiene, para “bancar” a la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner, que una hora después se presentaría para ser indagada por el juez Claudio Bonadío, en calidad de imputada, en la causa por el presunto delito de “fraude contra la administración pública” por las operaciones de venta de dólar a futuro realizadas por el Banco Central en el último tramo de su mandato. Gladys le pone palabras fuertes a su enojo. “Éstos (así llama los actuales gobernantes) nos toman de pelotudos”, se queja, y le explica a Letra P: “Por eso yo vengo aunque no tengo problemas, porque soy analista de sistemas y tengo una buena jubilación, pero no soy como esas viejas conventilleras que no aportaron nunca, pudieron jubilarse gracias a ella y la putean igual”. Pero enseguida mira a su alrededor, su expresión cambia abruptamente –le brillan los ojos y se le dibuja una sonrisa grande- y dice: “Esto me encanta; esto es pueblo, m’hijito”.

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“Por todo lo que nos dio, la voy a defender hasta la muerte…”. Fiera Dawidiuk no puede terminar la frase. La emoción –que emociona- le anuda la garganta, le quiebra la voz y le inunda los ojos celestísimos, que saltan en su cara redonda y tan blanca, enmarcada por la capucha bien ajustada de su campera impermeable. La auxilia su hija, que explica la híper sensibilidad. Fiera, que ahora tiene 64 años, nació en Paraguay y vivió allá, en una colonia de inmigrantes rusos, hasta los 16, cuando se vino a Buenos Aires. “Acá trabajó toda la vida en un taller de costura. Siempre en negro, sin ningún tipo de aporte. Con Cristina se pudo jubilar”, le cuenta a este cronista. Ya recuperada, Fiera se declara “más argentina que los argentinos” porque “a mí este país, al final, me dio todo”.

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Iara (9), Delfina (6) y Zoe (5) se amuchan debajo de un paraguas multicolor. No les alcanza: es un paraguas de nenes para las tres. Llueve sin parar sobre la avenida Comodoro Py, pero ellas no se quejan. Al contrario, se las ve contentas.Alejandro, el papá de treinta y pico, gorra negra igual que la barba, dice que están acostumbradas, que los acompañan a él y a su compañera, Gisella –que asiente a su lado- a todas las marchas; que saben todo porque ellos y los abuelos les hablan y les hablan de las cosas que pasan en el país de los grandes. Y que ahora “se dan cuenta”. ¿De qué? De que las cosas, últimamente, van mal en casa. En dos meses, los dos se quedaron sin trabajo. “¿Eran ñoquis de La Cámpora?”, indaga el cronista. Nada de eso. Ni ñoquis ni militantes ni empleados del Estado. Alejandro trabajaba en un taller de herrería. Con la clientela, también se achicó el plantel de operarios. De 25 quedaron cuatro. Y a ella la despidieron de un centro de estética. Desde Escobar, donde viven, siempre iban en auto a las marchas. “Hoy vinimos en tren; auto, en casa, no hay más”.

EL PUEBLO NO SE MUEVE. Son las nueve menos veinte y la llovizna pertinaz –en jerga de los relatores deportivos- apura el paso de la procesión que avanza por la avenida Antártida Argentina para caer en la plaza de Retiro, con destino final en Comodoro Py. “Mirá, ya me sale agua de las zapatillas”, le muestra a su amiga una morocha flaquita y empapada, no más de 20 años, que comprueba la inutilidad de su rompevientos verde. “Esto le va a demostrar a Macri que la lluvia no nos para”, se envalentona, al lado de la pibita, una señora de largos sesentas y flequillo rabiosamente anaranjado pegoteado en la frente.

Ya en la plaza empieza a complicarse el tránsito de a pie hacia los tribunales. (No lo verá este cronista. Se lo contará una compañera que le mostrará un videíto de la escena. Dos horas y media más tarde, unos 40 rezagados rodearán un auto para escuchar, por la radio que el dueño pondrá a todo volumen, el discurso de la ex Presidenta. “Como pasaba hace 70 años: la radio y todos alrededor, escuchando los noticieros”, dirá la compañera del cronista.) Y sobre la avenida Comodoro Py ya hay un hormiguero de gente. Desde el llano, imposible calcular. La locutora del acto, la periodista Cinthya García, hablaría de 300 mil personas -sí, el acto, porque, como señalaría después el diario madrileño El País, la declaración indagatoria de Cristina mutó de “día más difícil” de la ex mandataria en su “regreso triunfal a la primera línea de la política argentina” y en “una gran demostración de fuerza del kirchnerismo”.

Aunque lejos de la rivalidad que cierto discurso anti político se ha encargado de alimentar, podría decirse que los orgánicos y los sueltos están separados por el cordón de la vereda. El pavimento es para las agrupaciones políticas, sociales y sindicales. La altísima concentración de banderas lo convierte en un campo sembrado de cañas en flor. Hay pancartas a favor (de Cristina) y otras tantas en contra (de Mauricio).

En ese apretujamiento está Sebastián Artola (37), militante del Frente Rosario para la Victoria, ex candidato a concejal de la ciudad santafesina, discurso profesional, seguramente repetido hasta el cansancio en tiempos de campaña. “Vinimos 150 compañeros en tres colectivos para darle este gran abrazo popular a la presidenta que construyó la Argentina de la reparación y la ampliación de derechos”, vocea, casi engolando la voz. Y está también Camila Vargas (20), un lado de la cabeza rapado, menudísima en su remera de La Cámpora. “No es sólo apoyar a Cristina. Es más que eso: es bancar un proyecto político y demostrar que estamos vivos, que seguimos luchando”, dice la chica, y posa con sus dedos en V.

Para ir con los sueltos, que, aunque están por todos lados, se concentran en la vereda, hay que saltar el río marrón de un metro de ancho que corre sobre el cordón de la vereda. Son las nueve y media y ya no hay manera de avanzar. Es una pared de carne y hueso y un enjambre de paraguas con puntas capaces de sacar ojos de sus órbitas. De adelante –de allá, frente al ingreso de los tribunales, donde está el escenario- algunos vuelven. “Está imposible; se está desmayando gente”, calmarán a los más tercos. Y entonces lo que queda es esperar. Y conversar. Hay una tertulia debajo de cada paraguas.

-Vi en la tele al cura de una parroquia de Almagro que contaba que el año pasado tenía 200 chicos a comer y ahora son 450. ‘Tenemos que estirar las raciones’, decía, o sea que lo que decía era que están achicando las porciones- relata una mujer en sus cincuentas.

-A un amigo de mi hijo que iba a con la remera de La Cámpora un guarda del tren le dijo ‘pibe, no te pongas más eso. Está todo mal con ustedes. Si los veo, tengo orden de buchonearlos- se ceba otra mujer, que de a poquito, sigilosamente, gana lugar en el refugio prestado.

MIX. En esta ancha avenida de la transversalidad K se mezcla todo. Rubios morenos pelirrojos altos flacos gordos de 20 de 30 de 40 de 50 de 60 de 70 de 80 militantes sueltos orgánicos ex piqueteros sindicalistas porteños provincianos obreros de mameluco abogados de traje señoras coquetas pibes del conurbano con sus gorras peruanos bolivianos paraguayos… Están todos chocándose los codos, en una armonía que parece lo más normal del mundo pero no lo era tanto hace una docena de años.

Se mezcla también, en esta ensalada de colores, tamaños, orígenes, bolsillos y ajuares, la alegría de marchar otra vez y la emoción por verla de nuevo y la esperanza cantada en el omnipresente “Vamos a volver…”, con la bronca y la indignación por los despidos y los tarifazos y “la persecución del Partido Judicial”. La masa empapada –unida por un lazo indiscutible de amor y adoración a la conductora y un sentimiento aglutinador de pertenencia a un proyecto colectivo- despide vapores de belicosidad (“Bonadío, la concha de tu madre, Cristina es del pueblo y no la toca nadie…”), y al mismo tiempo de celebración (“Volvó la jefa la puta que lo parió…”).

Cuando dan las 11.13, esa bomba estalla con las primeras palabras de la ex presidenta, anunciada como “Cristina del Pueblo”: “Me pueden meter presa, pero no me pueden callar”. Y entonces sí, más fuerte que nunca antes en la vigilia: “Oh, vamos a volver… a volver, a volver, vamos a volver…”.

Promedia el discurso y esos vapores de belicosidad se hacen insultos cada vez que Cristina menciona a los malos. Insultos fuertes. Para Bonadío directamente aplica el “hijo de puta, hijo de puta…”. Para el Presidente se impone “Macri, basura, vos sos la dictadura”. Y para el diputado Diego Bossio, que rompió el bloque del Frente para la Victoria en la Cámara de Diputados, un atronador “Bossio, compadre, la concha de tu madre”. Pero Cristina reta a la multitud. “Así no van a convencer mucho a nadie”, la cruza. Y entra en el sprint final de un discurso de una hora y media que, sin ahorrar en ironías y chicanas puntiagudas, va apuntando claramente a calmar los ánimos, aunque sin desmovilizar.

“No se enojen con otros argentinos por cómo votaron”, pide la ex mandataria, y llama a crear “un frente ciudadano” para "convertir al Congreso en la escribanía del pueblo" y para reclamar “por los derechos conquistados”. En el pavimento y en la vereda, todos se miran, un poco turbados, algunos acaso un poco decepcionados. Cristina no pide pelear. No agita la confrontación. Invita a unir a través de la “reflexión”.

Cuando la multitud gira sobre sus talones, en un movimiento de perfecta sincronía, para encarar una desconcentración a paso de pingüino, el sol, que ha salido de entre los nubarrones, seca las cabezas y calienta las espaldas. Pero esa belicosidad que en un momento había levantado temperatura ya se evaporó. Manuel, por ejemplo, le pregunta al cronista si el subte ya aumentó y, sin más preámbulos, se confiesa “feliz”. Y explica: “Nosotros tenemos esto; ellos, no”. Mientras, atrás se van perdiendo la voz del Indio y los versos de un clásico de la liturgia K: “Banderas en tu corazón, yo quiero verlas ondeando, salga el sol o no…”.